No sabía que me tocaba la cara tantas
veces al día.
No sabía que el miedo era tan
contagioso
y no sabía que mi paz también lo era.
No sabía que podía disfrutar tanto
del silencio,
ni sabía que lo simple me hacía tan
feliz.
No sabía que podía amar tanto la
comida hecha por mi esposo
y la cara de mi hija al ver la mesa servida.
No sabía que mi alma necesitaba
detenerse;
ni que valiera la pena un día, dejar
de pensar en lo que viene.
No conocía la importancia real de la compasión
y tal vez nunca había sabido lo que
significaba ponerse en los zapatos del otro.
Nunca había esperado con tanto amor
una hora del día y jamás mis manos habían
aplaudido con tanta fuerza.
Nunca había tenido tantos planes que
fueran cambiados sin problema por dar alegría a mi prioridad única e innegociable.
No sabía lo afortunada que soy y lo
poco que me falta.
Nunca me había sentido tan
agradecida.
No sabía que me podría dar tanta
tranquilidad soltar y asumir que no hay nada que pueda controlar.
No sabía que tendría una gran historia
que contarle a mis nietos.
Y jamás había deseado tanto poder
tenerlos…
